BORRADOR – COPYRIGHT© ALBERTO HAGGAR 2009
CAPITULO 4
PARÍS, FRANCIA.
La tarde se perfila fría y con el cielo nublado. La hermosa ciudad de París se prepara para una noche más de su otoño. El frío del mes de noviembre promete un invierno muy severo para los parisienses. La Clínica de Maternidad de Nuestra Señora de París ya se encuentra operando con las luces encendidas. El edificio principal y las demás instalaciones de corte moderno, ocupan un espacio de cuatro hectáreas; haciendo de este complejo hospitalario uno de los más grandes de toda Francia.
Los corredores ya se encuentran transitados por personal médico y pacientes con resultados médicos a la mano y recetas de medicamentos. Enfermeros y camilleros hacen su trabajo con evidente calidad humana.
La sala de espera del área de evaluaciones ginecológicas es de las menos concurridas. Una docena de mujeres y sus acompañantes esperan sus respectivos turnos para ser atendidas.
Claude, joven francés de 30 años, espera pacientemente sentado en uno de los sofás ubicados en los corredores del área de maternidad. De vez en vez, mira su reloj y dirige la mirada a una de las puertas marcadas con el número de consultorio 1080. Los minutos de espera se le hacen interminables, a pesar que sólo lleva veinticinco minutos sentado.
El joven francés se pone de pie y se encamina hasta una de las ventanas que da a una de las avenidas más transitadas de París. Observa el devenir de la ciudad y luego checa la hora nuevamente. Él se percata que una joven mujer, con unos ocho meses de embarazo, lo ha estado observando. Ella se encuentra sentada sola, alejada del resto de las personas. Cruzan miradas y ella le sonríe. Claude sonríe de vuelta.
- Es nuestra primera vez. - comenta él, tímidamente.
- Se puede ver. Mi esposo tampoco se halla tranquilo cuando viene y tiene que esperar.
- ¿Cuántos hijos tienen?
- Este que viene es el segundo; ambos son barones.
- Vaya, qué bien… – comenta sin saber si lo que ha dicho es lo correcto.
- ¿Ustedes ya saben qué será?
- No, no. Aún no sabemos. Ella ha tenido algo de problemas en las últimas semanas. Ya tiene casi seis meses.
- Suele suceder; especialmente en las primerizas. No se preocupen demasiado. La naturaleza sabe lo que hace.
El rostro de la mujer le resulta algo familiar a Claude. Duda por unos instantes, hasta que se decide y pregunta:
- Discúlpeme… pero, ¿no nos conocemos de alguna parte?
- No lo creo. Viví fuera de Francia muchos años y estoy de regreso en París apenas hace una semana. – sonríe ella.
- Lo siento, pero es que su rostro me resulta muy familiar.
Claude se preparaba para insistir cuando la puerta del consultorio 1080 se abre, dejando ver la silueta de Lucille, su esposa de veinticinco años. Ella es de cabello castaño muy claro, casi rubio. Sus ojos son verdes claros y destellan una luz que avisan la vida en su cuerpo. Ella extiende la mano para despedirse del doctor. En la otra mano sujeta unos sobres de gran tamaño que contienen los resultados de los análisis médicos y de la prueba de ultrasonido que le realizaron. Claude se disculpa con la dama y se encamina a Lucille.
Ella lo mira directamente a los ojos. El no entiende el mensaje y pregunta:
- ¿Está todo bien?
- Hablemos en otro lado, por favor. – dice ella a tiempo que lo toma de la mano y se encaminan al elevador.
- Dime, Lucille, ¿pasa algo malo?
- Vamos, Claude. Hablemos en otro lugar.
Claude voltea para despedirse de la dama con la que platicaba y se percata que su silla está vacía. Mira alrededor en su búsqueda, pero no logra ubicarla. Ambos entran en el elevador. Claude oprime el botón que los llevará directamente al estacionamiento. Las puertas del elevador se cierran. Ambos guardan silencio. Claude no pregunta nada. Presiente que algo no anda bien. Él decide mirarla. Ella lo nota con la esquina del ojo. Se voltea y lo vira a ver directamente a los ojos. No dicen nada en unos segundos que parecen interminables. Claude sostiene el aliento. Sin poder contenerse más, ella esboza una sonrisa y se abalanza a su cuello y lo abraza.
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capitulo 9
BASÍLICA DE GUADALUPE, TEPEYAC, MÉXICO
Monseñor Játiva, sacerdote de 70 años, cabello blanco e impecable sotana negra, se encuentra desde temprana hora atendiendo los asuntos propios de la Basílica. Como Abad de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, sus obligaciones lo mantienen ocupado prácticamente todo el día; desde muy temprana hora. Su despacho es amplio y está rodeado de hermoso arte religioso. La atmósfera está impregnada del olor a madera de cedro antigua, de la cual están hechos la mayoría de los muebles delicadamente tallados a mano. Repisas, libreros, grandes cajoneras y reclinatorios son parte del acerbo mobiliario de su oficina.
Los rayos mañaneros del sol se cuelan a través de los vitrales de color, por el ventanal este de su despacho. La atmósfera es dominantemente color ámbar. Diminutas partículas de polvo suspendidas en el aire refractan la luz solar, creando una cortina de luz que impide ver los muebles pegados a la pared.
Con los anteojos puestos, da cuidadoso seguimiento a una antigua lista de eventos registrados en un antiguo documento de casi dos siglos de antigüedad. Interrumpe su trabajo para afinar el oído. Cree haber escuchado algo fuera de lo normal. Con un leve gesto de negación reanuda su delicado trabajo. Copia cuidadosamente los datos del antiguo pergamino y los plasma en una libreta de apuntes. Se disponía a virar la hoja del antiguo documento cuando su pacífica atmósfera se vio interrumpida por la abrupta entrada de Virgilio, quien luce agitado y aún sorprendido. Su rostro es pálido y los labios le tiemblan al tratar de hablar.
- ¡Monseñor…! ¡Monseñor…!
- ¡Virgilio! – dice sobresaltado el Abad.
- ¡De prisa…! ¡Tiene que venir!
- ¡Virgilio, por todos los santos! ¿Pero, qué sucede?
- ¡Monseñor Játiva, venga Usted… pronto!
- ¡Calma, Virgilio! ¡Por todos los santos! Dime qué sucede, hombre de Dios… ¿Por qué tanto alboroto? – el sacerdote se pone de pie y se retira los anteojos.
- ¡La Niña, Monseñor…! ¡La Niña!
- ¡¿La niña?! ¿Cuál niña, Virgilio?
- ¡La Patroncita!
- ¡Por Dios, Virgilio! Si parece que hubieras visto un fantasma… Cálmate, hombre, y cuéntame qué sucede…
- ¡Pronto, venga a ver Usted mismo!
- ¿Venga a ver? ¿Pero qué es lo que quieres que vaya a ver?
- ¡Sígame, Monseñor! ¡Venga conmigo, por favor!
- ¿Has tomado tus medicamentos para la presión, esta mañana?
- ¡Por favor, monseñor…!
El Monseñor accede a la petición de Virgilio y lo sigue, mientras trata de que el hombre le explique qué es lo que sucede. Virgilio no tiene palabras para expresarse.
- ¡Dime qué sucede, hombre, por Dios!
Virgilio sólo lo mira a los ojos y traga saliva. Con un gesto de mano lo invita a continuar caminando.
Ambos hombres marchan a paso apresurado por el corredor central del templo. Virgilio lo conduce a toda prisa hasta el altar central y quedan frente a la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Virgilio le indica al Abad que mire la Imagen de quien por amor es llamada la Patrona de los mexicanos. Monseñor la mira y hace un gesto con los ojos para poder ver mejor.
- ¿Qué quieres que mire, Virgilio?
El devoto hombre no contesta y levanta tembloroso una mano y señala la Imagen. El Abad no percibe nada fuera de lo normal. Mira a Virgilio y nota que no parpadea mientras mira de frente al altar. Voltea a ver la Imagen, nuevamente. Busca en sus bolsillos y saca sus anteojos, se los pone y mira de nuevo. Trata de fijar la mirada, hasta que logra enfocar. Su rostro se torna serio y grávido. Quiere hablar, pero ante el asombro no puede. Lentamente y boquiabierto, se persigna a tiempo que se deja caer de rodillas, apoyándose con una mano en el brazo de Virgilio. Sin dejar de mirar la Imagen. Virgilio hace lo mismo, ante el ejemplo del Abad.
- ¡Ave María Purísima! – en una acto casi reflejo, las palabras escapan de la boca del Abad Játiva.
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CAPITULO 11
SELVA LACANDONA, MÉXICO
La caminata sobre el Sac-Be perfectamente empedrado y nivelado ha hecho muy ágil la marcha del padre Bernard Loyola dentro de la caverna. A su paso, se había topado con construcciones hechas de piedra labrada. Encontró estructuras basamentales de mediano tamaño, donde era evidente que ceremoniales y ofertorios habían tenido lugar. Nada indicaba que el lugar había sido visitado recientemente. Esculturas, mascarones de diferentes representaciones se encontraban por todo el lugar. No cabe en asombro por todo lo que está viendo. En sus más de veinticinco años como investigador y estudioso de lo esotérico y lo oculto de diferentes civilizaciones antiguas, jamás había encontrado nada parecido. Era ciertamente un hallazgo que lo tenía en éxtasis. Él calcula que ya se ha adentrado cerca de medio kilómetro sobre el camino maya subterráneo. Recordaba que muchas antiguas leyendas mayas hablaban de un lugar similar en el que ahora él se encontraba; muy particularmente el Popol-Vuh o “Libro de los Acontecimientos”. Este documento Quiché corresponde al libro del Génesis en la tradición judeo-cristiana.
Un escalofrío recorrió su espalda al recordar que ese lugar, del cual se hacía referencia en las leyendas orales ancestrales y en el Popol-Vuh, se llamaba Xibalbá; el inframundo maya, el lugar en el mundo de los espíritus en donde los humanos habríamos de enfrentar a nuestros demonios.
El padre Bernard se detiene y checa el combustible del quinqué. Se percata que le queda justo el tiempo para caminar unos minutos más antes de verse obligado a emprender el regreso. Quedarse sin luz representaría graves problemas para él y sus compañeros.
La idea de encontrase en el Xibalbá maya no le resultaba muy agradable. La tradición indica que el inframundo estaba habitado por toda clase de criaturas diabólicas y alimañas.
El camino que guía al Xibalbá es descrito como un descenso por unas escalinatas de un talud pronunciado, que desembocan a la orilla de un río que recorre barrancas y jícaros con espinas. La narración habla de cuatro caminos: uno rojo, otro blanco, uno amarillo y el otro negro. Estos caminos son asociados a los cuatro Bacabs o puntos cardinales de la cosmovisión maya. El Bacab o camino negro es el que habría de guiar a los humanos a la gran Sala de Consejo de los Yuums o señores de Xibalbá.
Estos pensamientos lo hacen constantemente revisar su retaguardia y los techos de la caverna, en busca de peligros.
El padre Bernard pudo detectar que la calidad del aire mejoraba. Entendió que ese era el claro indicativo de encontrarse cerca de una salida alterna. Avanzó unos metros más y se encontró en el centro de una cúpula gigantesca, como de unos treinta metros de altura. Pensó que la cúpula se asemejaba a la de una iglesia. En la parte superior, justo al centro, un ducto de unos dos metros de diámetro se colaba entre la roca sólida hasta la superficie. Pudo ver que algo de claridad se apreciaba al final de ese estrecho tiro vertical que alcanzaba los cincuenta metros. Puede ver que la calzada empedrada continúa más profundo en la caverna.
Con una exactitud propia de los antiguos mayas, un templete de tres basamentos hechos en piedra, de unos cuatro metros por cuatro, y metro y medio de altura, se ubica justo debajo del centro de la cúpula de la caverna. Al centro del templete, una imponente estela monolítica de aproximadamente ocho metros de altura por uno de grosor y medio de ancho, se yergue apuntando al tiro del poso que asciende a la superficie. El Jesuita se aproxima al templete. Mira los escalones y asciende con mucho cuidado. La estela está finamente tallada con jeroglíficos. Él toca la piedra con mucho cuidado. Como experto epigrafista, logra identificar algunos de los glifos.
Como cosa inusual, la estela tiene una cavidad, a modo de nicho. Bernard rodea la estela para poder verla. Dentro de este nicho en la estela, hay lo que inequívocamente es un códice hecho en papel huun maya. El documento se encuentra increíblemente conservado. Asienta el quinqué en el piso y lo toma delicadamente entre sus manos. Sabe que este puede ser el hallazgo arqueológico más valioso de los últimos tiempos.
Bernard da un giro repentino al escuchar un ruido a sus espaldas. Su corazón late más a prisa. Puede sentir como sus mejillas se congestionan de sangre y la adrenalina recorre todo su cuerpo. Mira en todas direcciones y no logra ver nada. Algo le dice que no está sólo ahí abajo. Abre su camisa y mete el códice para protegerlo. Toma el quinqué del piso y desciende del templete. Respira profundamente y sigue caminando, atravesando exactamente por el radio de la cúpula. Escucha un ruido de nuevo y se detiene. Esta vez logra detectar la dirección de donde proviene el ruido
Se arma de valor y se encamina en dirección de lugar de donde se generó. Logra ver que justo frente a él hay una grieta en el suelo. Toma una posición segura en el piso, clavando sus botas de campo en el polvo de piedra caliza. No sabe qué tan profunda pueda ser. Extiende el brazo para iluminar la grieta. El padre Bernard se congela de horror al mirar el fondo del accidente pétreo.
- ¡Santo Dios! ¡¿Qué es esto?!
No da crédito a sus ojos. Tal como es descrito en el Popol-Vuh, un río de escorpiones con amenazantes ponzoñas, llenan la enorme fosa alargada. El principio y final de la grieta no se alcanza a ver. El Jesuita está petrificado ante semejante cuadro. De pronto, algo altera a los escorpiones e inician una rápida escalada por las bajas paredes de la grieta. En cuestión de segundos alcanzan la parte superior y comienzan a desbordarse y a correr hacia Bernard. Él retrocede ante el avance agresivo de la marea de escorpiones; pero pronto se da cuenta que son miles de ellos y que van directo hacia él. Da unos cuantos pasos más hacia atrás antes de echarse a correr. Retoma los pasos por donde vino y se encamina hacia la salida.
Cuando cree haber superado a los insectos, se detiene a tomar aire. Gruesas gotas de sudor corren por su rostro y respira agitadamente. Está pálido, su boca está seca y las piernas le flaquean. Repentinamente, una corriente de aire fresco lo golpea en el rostro. Levanta el quinqué en dirección de donde viene la corriente de aire, en busca de la causa de ese inexplicable movimiento y del cambio de temperatura. La temperatura baja de nuevo de manera drástica unos diez grados más.
- ¡Oh, no…! ¡¡Xibalbá!! – murmura para sí mismo.
Estupefacto, puede recordar el pasaje del manuscrito Quiché que habla de un río de escorpiones, uno de pus y otro de sangre. También recuerda la descripción que se hace de las Casas del Inframundo, de las cuales hay una de frió, una de calor, otra de murciélagos, de las tinieblas, de los tigres y una sexta de afiladas navajas.
- ¡No es posible! ¡Es sólo una leyenda! – se dice a sí mismo, tratando de calmarse.
Para su asombro, puede escuchar ahora los inconfundibles chillidos de miles de murciélagos que se han desprendido de las paredes de la cúpula de piedra. En segundos, todo el entorno de Bernard está cubierto por miles de alas de murciélago. El sacerdote reanuda su frenética carrera en busca de la salida. Hay murciélagos por todas partes. Puede sentir que han empezado a tratar de morderlo. Llega al punto en donde el Sac-Be termina y comienza el camino pedregoso y desnivelado. Como puede, y con ayuda de la lámpara, mantiene a los hijos de la noche alejados. Tropieza un par de ocasiones en las que estuvo a punto de perder el quinqué. Se pone de pie de nuevo y reanuda la carrera. Poco a poco, los murciélagos lo dejan ir. Él continúa con su rápida huída. A la distancia, le es posible ver un halo de luz en la pared de piedra; es la salida que está iluminada por las lámparas de sus compañeros lacandones.
Aminora la marcha y trata de recuperar el aliento, sabiéndose cercano a la salida.
A sólo unos pasos de haberse detenido en su frenética carrera, puede escuchar el aterrador rugido de un felino, habitante de tierras mayas. Voltea a su costado y alcanza a ver media docena de ellos, en actitud de asecho. Los gigantes gatos están listos a saltar sobre el sacerdote. Bernard puede mirar sus ojos abiertos y sin parpadear al momento de mostrar sus colmillos y rugir.
- ¡Por todos los santos, esto no es real! – Dijo con la garganta seca. <<Esto no es real… no están aquí… sigue tu camino, Bernard…>>
Siguió unos pasos más hasta que uno de los felinos decidió ir por él. Bernard pudo sentir que el animal estaba a punto de saltar y correr detrás de él para devorarlo. No esperó más e inició una carrera por su vida. En la recta final hacia la salida, dejó caer el quinqué, que al contacto con el piso, rompió su cristal y dejó salir lo que quedaba de combustible, creando una explosión y llamas que distrajeron al animal, dándole valiosos segundos al Jesuita para alcanzar la salida. Los otros tigres se le fueron encima, también.
El padre Bernard gritaba pidiendo ayuda a sus compañeros lacandones. Ellos lo escucharon y se aproximaron a la entrada de la caverna.
Para sorpresa de ellos, el sacerdote cruzó de un lado al otro como si se tratara de un acto circense.
- ¡Cierren la entrada! ¡De prisa, cierren la entrada! – les gritó angustiado, desde el piso lodoso.
Los indígenas, aturdidos por la velocidad del evento, no entendían lo que pasaba. Intrigados y curiosos, se asomaron a la boca de la caverna para ver qué era lo que había asustado de esa manera al sacerdote.
- ¡Noooo…! ¡Cierren la entrada! – gritó de nuevo, con los ojos casi desorbitados.
Los lacandones lo miraban sin entender. Asechan de nuevo por la boca de la caverna y no lograban ver nada. Hablaron entre ellos en lengua maya y comenzaron a reír al unísono. Era evidente que se reían de él.
- ¡Tigres… había unos tigres en la caverna…! - les dice él, apuntando a la entrada.
- No hay tigres en las cavernas, padre Bernard. – le contesta riendo uno de ellos.
- Pero… si yo vi a unos… - balbucea el padre sin poder expresarse.
Se queda pensativo en el suelo por unos instantes. <<Santo Dios, estoy enloqueciendo. ¿Es posible que todo esto haya sido una alucinación? No, no, yo los vi y los escuché>> Los mira a ellos por unos instantes y evalúa sus miradas. Se pone de pie lentamente y sacude algo del lodo de sus ropas. Se sacude el lodo del pecho y siente bajo sus ropas el códice que tomó del nicho de la estela de piedra. Desabotona su camisa y lo saca. Lo mira y después levanta la mirada ver a sus acompañantes. Los lacandones se quedan mirando el documento. <<Esto es real; gracias a Dios es real…>>
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